La avaricia

Los seres humanos tienen la condición natural de poseer bienes que son imprescindibles para cubrir sus necesidades básicas, pero cuando esta se convierte en un deseo incontrolable de posesión pasa a ser un pecado capital.

Se entiende por avaricia la ambición desmesurada por acumular riquezas, bienes u objetos de valor material con la intención de atesorarlos para el bienestar propio, mucho más allá de las cantidades requeridas para la supervivencia y la comodidad personal, y solo con el fin de obtener fortuna, prestigio social o poder.

La avaricia daña el alma y conduce a la persona a un deseo insaciable y enfermizo que tiene repercusiones psicológicas, que muchas veces llevan a cometer otras malas acciones como el acaparamiento, el engaño, la estafa, la corrupción y el robo, debido a que el cerebro produce una sustancia llamada dopamina, que es un neurotransmisor que hace sentir bienestar al actuar de esta manera.

Cuando el hombre consagra toda su vida al dinero y deposita toda su fe en los bienes materiales, se distancia de amistades, familiares y de las leyes de Dios, por ello, para llevar una vida plena es necesario conseguir un equilibrio entre la avaricia y la carencia.

¿Cómo nos podemos librar del pecado capital de la avaricia?

El avaro puede liberar su pecado practicando la virtud de la caridad, que no solo es dar de lo mucho que sobra, sino dar algo que verdaderamente sale del corazón, y aunque no se tenga se entrega, como un abrazo o un consejo, es decir, es sentir de corazón la necesidad del prójimo y gozarlo cuando se realiza.

La caridad constituye la base de la espiritualidad cristiana, ya que representa la virtud por excelencia para demostrar nuestro amor a Dios ayudando a otros, siendo la mejor forma para acumular tesoros en el cielo.


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